LOBITAS

 Todavía no lo entiendo, ni suelto la soga, porque aunque sé que debería hacerlo, me perdí a mí misma cuando perdí la inocencia y todavía le pido explicaciones. Esta piedra que boya en mi pecho se llama injusticia, me raspa la piel desde adentro y jamás la pude naturalizar, quien no la sintió bien adentro de su cuerpo puede hablar de entender, pero no lo hace aunque crea que sí. Porque el enojo no es un concepto trasladable en lo teórico, porque el enojo es la acción, apretar los dientes, golpear la mesa, clavarse las uñas en las palmas de las manos, representan más la ira que cualquier pensamiento, no es la idea, sino el cuerpo. Y aunque estemos sobradas de enojo, tanto que ya nos duelen las manos en la flor de nuestra juventud, ese mismo nos hace zumbar como locas, no nos quedamos quietas, aunque nos lastime, vivimos gritando. La crudeza de lo real es que nadie quiere escuchar a quien vive gritando, pero quienes no escuchan, no sienten la piedra. Porque quienes no escuchan son los que más deben, ayuda, nos duele.  Nos miro y me engulle la tristeza, el orgullo, la vergüenza, la sonrisa, lágrima, el olor de un jardín silvestre. Nos miro y tiemblo de rabia, desapegada de pulso que me hace vivir, repiqueteando una canción de marcha con mi pecho endeble al descubierto, frágil y peligrosa, como una bomba, como un amor. Nos damos las manos, gritamos desde el piso y pisamos con un grito, al unísono, como el vapor. Y empañamos las veredas de Buenos Aires, con una mirada oscura y de reclamo, amenazamos, mostramos los dientes erizando la espalda y riendo como hienas, lo que sea por quitar esa piedra de la caja toráxica. El aullido se expande hasta el cielo, todo se cubre de negro, asomamos las garras y se apaga la tele.

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