El miedo más profundo

Compro sonido de lluvia digital 
para poder dormir,
compro luces que imitan la luna
para poder vivir.
Dibujo estrellas por todo mi techo,
las que no se ven en el cielo,
y tengo plantillas con textura a pasto verde,
recién cortado
que miman mis dedos,
suavizando el asfalto.
Para el aire puro no me alcanza,
esa plata va para los puchos.
Para autocultivar no me alcanza,
tengo que tener fármacos en casa.
Nunca entiendo una palabra de lo que digo
tengo una política de vida
de lengua suelta para autocontemplar cabeza,
desechar ideas, 
descartar pensamientos
a medida que los voy diciendo.
No es que sea mentirosa
o un panqueque idealista,
es el nihilismo y la ambición de probar todo
de experimentar todo
absolutamente todo;
cada emoción,
cada postura,
cada profesión.
Sé que me entendés,
sé que vos también tenés la adicción humana
de siempre más, más, más;
la constante inconformidad,
la angustia de nunca satisfacer 
el núcleo de la propia existencia.
Es cíclico, ¿sabes?
no tenés, querés, 
tenés, querés,
y en realidad querés querer,
porque es mejor que enfrentar
nuestro miedo más profundo,
que acecha en cada rincón,
en cada movimiento del reloj,
en cada pequeño pensamiento y acción.
Y se demuestra en que
sabes muy bien de que hablo.

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